El brillante porvenir de una ciencia subestimada

Daniela Cerezo Wallis

Hace una semana que se les otorgó el Premio Nobel de Medicina o Fisiología a dos inmunólogos, los doctores Jim Allison y Tasuku Honjo, por sus descubrimientos sobre la inmunoterapia contra el cáncer. Aún recuerdo claramente a mi querido profesor de inmunología, Juan De Sanctis, cuando me decía: “A los inmunólogos nos menosprecian en la investigación del cáncer, ¡aún no saben el potencial que hay aquí!”. ¡Cuánta razón tenía! Soy inmunóloga y dedicarme a este campo ha sido la mejor decisión que podría haber tomado…

Nací en Venezuela, un país con una belleza excepcional. Desde las playas caribeñas más paradisíacas, hasta las formaciones geológicas únicas que conforman nuestro macizo guayanés. Venezuela fue bendecida en cada aspecto de su riqueza natural. No es de extrañar que yo me enamorara de esa naturaleza. A la edad de 6 años, le pregunté a mi madre: “¿qué puedo hacer de mayor que me permita siempre estar en la naturaleza?”, y mi madre sabiamente respondió que debería ser bióloga. Y eso hice, nunca cambié de opinión. Supongo que es lo que llaman vocación.

Cuando comencé la carrera universitaria no tenía claro por qué área decantarme. ¡Todo me apasionaba! La Química, la Biología de organismos, Botánica, Ecología, Fisiología celular… mi carrera me ofreció un océano de conocimientos infinito y mi país me ofreció el jardín de juegos perfecto para poder explorar y maravillarme. ¿Cómo podría elegir una sola opción? Estaba dividida entre mi curiosidad por desvelar los enigmas del reino animal y mi inquietud cada vez más intensa de dedicar mi vida a una causa mayor: curar el cáncer. ¡Qué ambicioso (o ingenuo) suena eso! Sin embargo, llegué a la conclusión de que, si yo tenía una habilidad particular que podía usar para ayudar a muchas personas, era mi responsabilidad asumir ese difícil camino con las consecuencias que eso podría significar para mí.

“Las células inmunitarias. Guerreras ocultas contra el cáncer” María Eugenia Wallis (madre de Daniela).

Fue durante esa época cuando entré en contacto con la inmunología por primera vez. Inmediatamente quedé fascinada: la complejidad de nuestro cuerpo para lidiar con el mundo que nos rodea, la eterna batalla que se desenvuelve en nuestro interior sin nosotros percatarnos (exceptuando durante las gripes esporádicas), etc. Parecía que nuestro sistema inmunitario era capaz de vencer cualquier desafío excepto uno: el cáncer. No es que esa posibilidad no se hubiera planteado antes, sencillamente en aquel momento los conocimientos generales sobre las funciones del sistema inmunitario en el cáncer eran muy escasos. Pero mi profesor de inmunología tenía esperanzas, y fueron esas esperanzas las que me impulsaron a decantarme por la inmunología del cáncer, ese ámbito que se presentaba como incierto si lo comparábamos con la biología molecular o la terapia génica que, ese momento, parecían más seguros. Después de todo, ¿quién quiere una vida fácil y sin retos?

No creo en el destino, pero sí en las casualidades afortunadas

La primera dificultad que tuve que enfrentar me la ofreció mi querida Venezuela. Pues, si bien es cierto que mi país fue el lugar ideal para introducirme en la Biología, lamentablemente Venezuela no cuenta con los recursos que yo necesitaba para continuar con mi camino. ¡Llegó el momento de buscar nuevos destinos! Sabemos que la ciencia no tiene fronteras, pero encontrar un destino en el que quedarme no fue fácil. Después de pasar un frío invierno en tierras lejanas de Europa del Este, decidí que seguir mi vocación tendría que ir de la mano con mi bienestar personal, así que decidí hacer un Máster en Inmunología en la bella ciudad de Granada, Andalucía.

Durante el máster, me alejé momentáneamente de mi objetivo inicial, el cáncer, y tuve la oportunidad de trabajar con la artritis reumatoide, una terrible enfermedad autoinmune. Paradójicamente se decía que la autoinmunidad y el cáncer estaban a los dos extremos del espectro inmunitario: uno representaba la sobre-activación del sistema inmunitario y, el otro, la falta de activación. Realmente las cosas no son blancas o negras y, a veces, alejarse un poco de tu foco central es justamente lo que necesitas para ganar perspectiva y encontrar nuevos enfoques a una problemática.

Nunca hubiera imaginado lo que la inmunología aportaría al tratamiento del melanoma tan solo un año después de mi incorporación al grupo…

En cuanto terminé con mi máster, emprendí rumbo a Madrid en busca de mi doctorado, y esta vez sentía que tenía que involucrar mis dos pasiones: el cáncer y la inmunología. Es aquí donde la providencia me sonrió. No creo en el destino, pero sí en las casualidades afortunadas. Ya en ese momento sabía que el mejor centro de investigación del cáncer en España era el CNIO y tuve la oportunidad de conocerlo gracias a las becas pre-doctorales de “la Caixa”. Al momento de realizar mis entrevistas, me percaté de otra dificultad: en esos momentos no había en el CNIO expertos en el área de la inmunología del cáncer, sin embargo, casualmente, se acababa de abrir una plaza en el Grupo de Melanoma, liderado por la Doctora Soengas, quien justamente estaba buscando una persona con conocimientos en inmunología. El momento no podía ser más apropiado.Nunca hubiera imaginado lo que la inmunología aportaría al tratamiento del melanoma tan solo un año después de mi incorporación al grupo…

Grupo de Melanoma. Daniela Cerezo, fila superior, la tercera por la izquierda y Marisol Soengas, jefa de Grupo, abajo, segunda por la izquierda./CNIO

Durante años, el melanoma, por su naturaleza, era uno de los pocos cánceres que se trataba con medicamentos para estimular el sistema inmunitario, pero no tenían mucho éxito. Sin embargo, fue durante la última década que el trabajo de varios investigadores llevó a descifrar los intrincados mecanismos de control que el sistema inmunitario posee para evitar la sobre-activación y generar enfermedades autoinmunes. Al mismo tiempo, se descubrió que el cáncer utiliza estos mecanismos de control para evadir al sistema inmune y evitar ser eliminado. Justamente, gracias a estos descubrimientos, los doctores Jim Allison y Tasuku Honjo han sido galardonados con el premio Nobel de Medicina o Fisiología 2018.

Una nueva era de la inmunoterapia acababa de comenzar y la esperanza de vida de los pacientes con cáncer ha aumentado significativamente.

Ahora, una nueva era de la inmunoterapia acababa de comenzar y la esperanza de vida de los pacientes con cáncer ha aumentado significativamente. Sin embargo, con cada solución vienen numerosos problemas, ya que solo un pequeño porcentaje de los pacientes consigue respuestas duraderas con estos tratamientos. Mi proyecto de tesis, en el grupo de la Dra. Soengas, busca entender por qué la inmunoterapia falla, y qué podemos hacer para lograr que la mayoría de los pacientes se beneficien de este tratamiento. Con muchos colaboradores, hemos descubierto nuevas proteínas que contribuyen a la capacidad del melanoma de “esconderse” del sistema inmunitario.

Aún queda mucho camino por recorrer, pero sé que vamos por buen camino. Me siento sumamente agradecida por haber continuado este rumbo, después de todo, en un mundo donde se decía que todo lo importante ya estaba descubierto, el poder trabajar en una ciencia emergente, como lo es la inmunología del cáncer, es de lo más emocionante para un científico.

Daniela Cerezo Wallis es estudiante pre-doctoral del Grupo de Melanoma del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Licenciada en Biología y con una especialización en Inmunología Celular y Molecular de la Universidad de Granada, su proyecto de Tesis se centra en descifrar los mecanismos que definen la respuesta a la Inmunoterapia con la finalidad de mejorar la calidad de vida de los pacientes con melanoma metastásico. Paralelamente, sus esfuerzos han sido enfocados a la búsqueda de nuevos agentes terapéuticos para tratar a pacientes con melanoma, participando en la caracterización de una novedosa droga inmunoterapéutica que ahora se encuentra en ensayos clínicos.
2018-10-10T10:24:00+00:0009/10/2018|

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