La Ciencia en movimiento

Diana de la Iglesia Jiménez

Un 25 de julio como hoy, en 1920, nacía Rosalind Franklin, la autora de la famosa fotografía 51 que dio pie al descubrimiento de la estructura del ADN. Su labor científica fue muy importante pero también su espíritu luchador, que le permitió seguir su carrera investigadora en contra de todos los obstáculos: familia, colegas de profesión y, en definitiva, una sociedad cerrada a la participación de la mujer en la universidad y en la ciencia.

Rosalind Franklin (25 de julio de 192016 de abril de 1958), química y cristalógrafa inglesa, autora de la primera fotografía del ADN./CNIO & The City

Casi 100 años después de su nacimiento, las investigadoras de todo el mundo seguimos reclamando nuestro lugar en la ciencia. Seguimos denunciando la falta de equidad en las oportunidades, uniendo nuestras voces tal y como sucedió el pasado 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Ese día tres científicas lanzamos 500 Women Scientists Madrid, la delegación madrileña de 500 Women Scientists, una organización sin ánimo de lucro cuyo propósito es promover el acceso y la participación plena y equitativa de las mujeres y las niñas en la ciencia, derribando los prejuicios que existen en las carreras técnicas y científicas.

“En clase no llegábamos al 10% de mujeres. Este porcentaje fue disminuyendo según me especializaba, mientras que la falta de referentes femeninos y los sesgos fueron en aumento.”

Soy ingeniera informática y doctora en Inteligencia Artificial y, como para muchas otras mujeres en áreas STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics), el camino no ha sido fácil. Cursé mis estudios en la Universidad Politécnica de Madrid y en clase no llegábamos al 10% de mujeres. Este porcentaje fue disminuyendo según me especializaba, mientras que la falta de referentes femeninos y los sesgos fueron en aumento. Pero, lejos de echarme para atrás, en ese momento lo afronté como un reto más de mi carrera.

Desde niña tuve interés en las Ciencias de la Vida, así que compaginé mis estudios con el trabajo en el Grupo de Informática Biomédica de la UPM, donde empecé a aplicar técnicas de Inteligencia Artificial a problemas biomédicos. Allí pude trabajar en proyectos de investigación internacionales, colaborando con grupos de expertos en diversos campos: biología, medicina, química, informática médica, bioinformática. La investigación multidisciplinar cada vez me gustaba más y, además, el porcentaje de referentes femeninos aumentaba según me movía de la ingeniería hacia otras áreas.

“Cuando echo la vista atrás, el recorrido me parece largo, pero disfruto de mi trabajo cada día.”

Mi trabajo de tesis me llevó a entrar en contacto con la biología molecular y la nanotecnología, y conocer sus impactantes aplicaciones médicas: a escala nanométrica las propiedades de la materia son muy distintas (y muchas de ellas, desconocidas). Ante mí se abría un mundo que, a pesar de presentar innumerables retos, resultaba muy atractivo. Tuve la oportunidad de realizar una estancia como investigadora invitada en el National Cancer Institute de Estados Unidos, donde centré mi trabajo en modelos matemáticos para la caracterización de nanopartículas con aplicaciones en cáncer y en el desarrollo de técnicas de Inteligencia Artificial para el análisis de datos en nanomedicina. Mi tesis recibió el Premio Extraordinario de la UPM y, posteriormente, conseguí una beca del National Cancer Institute para trabajar como investigadora independiente y consultora I+D desde España. Desde 2017 trabajo en el CNIO, donde he colaborado con el Instituto Nacional de Bioinformática, con la Unidad de Minería de Textos en Biomedicina y, actualmente, con la Unidad de Bioinformática, dirigida por la Doctora Fátima Al-Shahrour. Cuando echo la vista atrás, el recorrido me parece largo, pero disfruto de mi trabajo cada día.

“Debemos levantar la vista de las estadísticas para ver una realidad más compleja. Hay otra realidad en la que las mujeres no somos víctimas pasivas de los constantes obstáculos que se interponen en nuestras carreras, una realidad en la que luchamos por cambiar nuestro entorno.”

Es verdad que la mujer cada vez tiene más presencia en el mundo académico; mujeres como Franklin recorrieron un arduo camino para ello. También es cierto que, a pesar de demostrar excelencia y competitividad, la mayoría de los puestos de liderazgo siguen ocupados por hombres. Sin embargo, debemos levantar la vista de las estadísticas para ver una realidad más compleja. Hay otra realidad en la que las mujeres no somos víctimas pasivas de los constantes obstáculos que se interponen en nuestras carreras, una realidad en la que luchamos por cambiar nuestro entorno. Reconocemos la falta de equidad y no permitimos que se pongan en duda nuestros derechos profesionales ni nuestras capacidades científicas. Sabemos que la educación es el mejor recurso para vencer desigualdades y que “reformularla”, especialmente en lo relativo a la historia científica, es imprescindible para acabar con los estereotipos.

Equipo de trabajo de 500 Women Scientists Madrid en su primera reunión. Diana de la Iglesia, co-fundadora de la iniciativa, tercera desde la derecha. /Diana de la Iglesia

Ese fue uno de los motivos para unirme a 500 Women Scientists: promover la visibilidad de la mujer en la ciencia para que niñas y jóvenes puedan tomarnos como ejemplo, motivarlas para que sean capaces de verse como científicas en el futuro. Estamos creando un espacio para compartir opiniones y experiencias, pero también para organizar actividades de mentorización y divulgación científica. Entre todas, buscamos razones que las puedan inspirar y enganchar con las áreas STEM: talleres y charlas, citas con científicas, o “editatones” de Wikipedia para incluir perfiles de mujeres en ciencia y tecnología. Queremos rememorar a las pioneras pero también dar a conocer a las mujeres que trabajan en ciencia actualmente; ser un constante recordatorio de que las mujeres desempeñamos un papel fundamental en las comunidades de ciencia y tecnología y que nuestra participación debe fortalecerse. Al fin y al cabo, es nuestra responsabilidad como científicas: cuando aprendemos algo, compartirlo. Salir de nuestros laboratorios y acercarnos a la sociedad, algo beneficioso para ambas partes y que nos permite, mediante iniciativas como esta o como CNIO & The City, generar el cambio.

Diana de la Iglesia es técnico de la Unidad de Bioinformática del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Ingeniera informática y doctora en Inteligencia Artificial por la Universidad Politécnica de Madrid, se especializó en métodos computacionales para el análisis de datos biomédicos. Su investigación se centra en el desarrollo de aplicaciones de Big Data e Inteligencia Artificial para la investigación en cáncer, trabajo que comenzó en el National Cancer Institute y que continúa actualmente en el CNIO. También participa en iniciativas para acercar la ciencia a la sociedad, como 500 Women Scientists y Ciencia en el Parlamento.
2018-07-25T10:47:38+00:0025/07/2018|

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